Jun 24, 2023
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Pesadilla de una noche de verano.

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La sensación es muy extraña. Estoy sentado en el comedor de un autoservicio muy elegante, en el que voy a dar cuenta de unos cuantos platos bastante apetitosos; una caña de cerveza  artesanal sin filtrar y una tarta de chocolate.

Antes de concentrarme en la comida, miro a mi alrededor. Cuando estoy solo me gusta distraerme observando a la parroquia. Imaginando mil y una historias a partir de los personajes que me rodean. Que si estos son novios, amigos o amantes, que si ese, a pesar de su aspecto desastrado, es un rico magnate de las nuevas tecnologías, que si esa chica está sola porque ha tenido un desengaño amoroso… en fin, tejer un montón de enredos, dejar volar la imaginación.

Observo al grupo que está inmediatamente delante. Visten uniformes azules, chalecos antibalas negros, y mientras dan cuenta de sus platos, los Kalashnikov les aguardan recostados contra la mesa. A la derecha hay un grupo mixto, compuesto por dos chicos y una chica. Visten de camuflaje, llevan pistolas al cinto y los chalecos antibalas son verde oliva. Parece que han dejado los fusiles en casa. Detengo la vista un par de mesas más adelante, en un grupo heterogéneo; Pelo rapado al uno, brazos musculosos llenos de tatuajes, aspecto fiero y uniformes de diversas procedencias con insignias negras y rojas. Se me han quitado las ganas de hilvanar historias. Todas me llevan a un camino de muerte, de dolor, de sufrimiento.

Minutos antes caminaba por una avenida desolada. A pesar de la agradable temperatura, preludio de un verano que se adivina caluroso, está prácticamente desierta. Las tiendas que imagino en otro tiempo abarrotadas, se encuentran cerradas. Los cristales protegidos con planchas de madera, o cruzados con tiras de cinta adhesiva. Las entradas de los edificios administrativos, escudados por sacos terreros, las aceras salpicadas de pequeños búnkers prefabricados de hormigón. Esto es Jerson, y la guerra detuvo la vida, en muchos casos la segó y la ha mantenido en vilo hasta el día de hoy.

Suena el primer misil, cohete o disparo de artillería. no soy muy ducho en esas cosas. Pego un respingo. Miro a mi alrededor. Nadie se inmuta. Unas señoras, sentadas en una parada de autobús, me da la impresión de que comentan el suceso fastidiadas, no asustadas. Antes de llegar, leí que un cohete ruso había alcanzado a un vehículo y acabado con la vida de varias personas. Según me acerco al autoservicio, los misiles se van repitiendo de forma regular. Parece que están lejos, aunque a mi me suenan endemoniadamente cerca.

Los rusos están al otro lado del río, en unos arrabales de la ciudad que los ucranianos no pudieron recuperar. Son los vecinos molestos de la otra orilla. Aquellos con los que nadie quiere darse un baño, o retar a una carrera con botes de remo. Para más inri, hace pocos días reventaron la presa de Kajovka, y los barrios ribereños del Dnieper sufrieron una terrible inundación.

Después de comer me acerqué por la zona baja de la ciudad, la más afectada por la riada. Cada dos por tres me detenía ante una fachada acribillada por los disparos, salpicada con la metralla de alguna explosión. Recorrí calles repletas de lodo seco. Cientos de muebles apilados a la entrada de las casas, esperaban que los voluntarios de los servicios de ayuda los pasaran a recoger. Me paré delante de un grupo de chicos muy jóvenes, ataviados con cascos y chalecos antibalas. Cargaban muebles y deshechos en la pala de una excavadora, que luego depositaba en un enorme camión de obra. Parecía una escena de “La guerra de los botones”

De la casa salió Slava. Cálido, acogedor, me muestra la devastación producida por las aguas, lo que ha quedado de su vida sumergida bajo dos metros de furia líquida, de lodo, de detritus arrastrados por la crecida. Me muestra los cristales atravesados por las balas, las muescas que dejaron en las paredes. Todas sus medallas de remero, sus diplomas de judoka, están expuestos a un aire con el que se ha aliado para recuperar su vida. Aunque sea solo un retazo. Y me dice que al menos conserva la suya. Que es mucho.

Después de ver tanto dolor, volveré a cenar al autoservicio. Y puede que cuando vaya a pagar, invite a alguno de esos extraños compañeros de comedor, cuyas vidas ahora imagino de forma más acertada. Mientras escribo esto, al calor de una noche de principio de verano, sigo sin saber si los estallidos que me sobresaltan son misiles o cohetes.

PD: Al día siguiente, después de publicar esto en el periódico, me llamó Slava. Una bomba había caído justo delante de su casa. La misma casa en la que habíamos estado unas horas antes charlando, tomando un té y haciendo fotografías y vídeos. Casualmente, en el lugar exacto desde el que tomé la foto de los chavales ataviados con cascos y chalecos antibalas. La bomba destrozó el muro de entrada, el portón, y salpicó de metralla la ya castigada fachada. Menos mal que en ese momento no había nadie. ¡Ánimo Slava!

Artículo original publicado en el periódico
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Destinos · Europa · Ucrania

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