Cruzó el umbral de su casa tras treinta años de olvido, treinta años de un desencuentro que arrancó de su vida un tiempo que había transcurrido eterno, que no se podía cuantificar con un simple número, fuera seguido de los ceros que fueran.

Con cuanto esmero se había esforzado su madre en mantener impoluto el porche de entrada del que fuera su hogar, cubierto ahora de lodo y escombros, siempre atenta a que, cuando volvían de jugar en la laguna, se quitaran los zapatos llenos de barro. Menos mal que no podía ver a que había quedado reducido el motivo de sus desvelos. Antes de entrar volvió la vista atrás y contemplo las calles por las que había llegado al estragado testigo de su infancia. Apenas podía reconocerlas, tal era la devastación.

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Siempre había relacionado el agua con sus juegos, con los momentos de diversión que por las tardes y durante los fines de semana seguían al tedio de los estudios en el colegio municipal y, sobre todo, a la llegada de los turistas que animaban el pueblo durante la temporada estival, nunca al dolor y la tragedia que se extendía ante sus ojos, nunca al cataclismo que el agua desencadenó ese día a comienzos de noviembre. Al principio las autoridades, como hacen siempre, dijeron que la rotura del dique se solventaría en poco tiempo, que la inundación no superaría el metro de altura. En “poco tiempo” había sobrepasado esa marca y seguía subiendo de forma imparable. En “poco tiempo” el agua que había marcado su vida, la había puesto patas arriba.

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A Dios gracias la inundación aunque inexorable, fue paulatina. Al principio trasladaron los muebles y enseres del piso de abajo a la planta superior de la casa. Algunos, que pesaban demasiado, los dejaron en su sitio confiando en la promesa de las autoridades de que las aguas volverían en breve a su cauce. Lo del colmado de su padre fue más complicado. Además de tener una sola planta, albergaba un montón de género, que era más laborioso de trasladar y, por descontado, imposible de comercializar en esas condiciones. También es cierto que los clientes prácticamente habían desaparecido. Ellos seguían haciendo vida en el piso superior de la casa, porque eran de los pocos habitantes estables de la ciudad y carecían de otra vivienda fuera de ella. Desplazándose al principio calzados con botas de agua y ayudandose más adelante con un pequeño bote de goma, su día a día había cambiado de forma radical, pero se habían adaptado razonablemente. Lo que más le gustó fue la suspensión de las clases y el ambiente de película que se había instaurado en la ciudad. Como de esas en las que se produce un cataclismo, y la humanidad tiene que sobrevivir en condiciones precarias sin los servicios mínimos a los que está acostumbrada. Para ellos era una diversión, para sus padres y los pocos vecinos que aún aguantaban, era una pesadilla. Bien pronto, pocos días después de que se rompiera el dique, comenzaron los saqueos y robos. Al principio se producían exclusivamente por la noche, al amparo que brindan las sombras, pero, poco a poco, los saqueadores, ante la impasibilidad de las autoridades y a la vista de lo mucho que había por depredar, se fueron haciendo más osados y comenzaron a actuar a pleno día. Eran grupos numerosos, por lo que su padre y los demás vecinos no se atrevían a enfrentarlos. Por suerte nunca intentaban entrar en las casas habitadas. Era tanto lo que había, que no merecía la pena perder el tiempo y arriesgarse a asaltar una propiedad en la que aún viviera alguien.

El agua pronto superó los dos metros de altura y las cosas se empezaron a poner muy difíciles. Sus padres se lamentaban de no haber evacuado los enseres más pesados cuando los camiones aún podían llegar hasta la casa. Poco a poco, con la el auxilio del bote de madera de unos vecinos, fueron sacando las cosas que eran prescindibles, que no tenían que utilizar en el día a día. Llegó un día, en el que para acceder al exterior, tenían que salir por las ventanas y los balcones del piso de arriba. Entonces eran ya de los pocos que resistían y que aún confiaban en que las cosas se pudieran arreglar. Finalmente tomaron la decisión de mandarles a su hermana y a ella a Buenos Aires, a casa de los abuelos. Era el principio de la claudicación, el anuncio de la victoria de las aguas.

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Pocos días después sus padres, derrotados, superados por algo cuya magnitud nunca habían llegado realmente a comprender, aparecieron por casa de los abuelos. Retornaron al mundo antiguo que un día dejaron atrás para embarcarse en un nuevo proyecto que, como en una burla del destino, ahora abandonaban embarcados.

Su memoria siempre se negó a dedicar demasiado espacio a las penurias y sufrimientos vividos durante los años posteriores al abandono de Villa Epecuén. Lo superaron, se recuperaron, prosperaron, y en su recuerdo, la Villa quedó como el perdido edén de sus mejores días. Un edén que encerraba la promesa de un retorno a los días de vino y rosas, a los días en los que el agua era su aliada, su compañera, no el motivo de sus desvelos.

Ahora, ahí delante, plantada frente a lo que un día fue su hogar, se dio cuenta de que, aunque nunca podría haberlo evitado, había cometido un error al decidir volver cuando le dijeron que parte de las aguas se habían retirado y ciertas zonas del pueblo estaban de nuevo a la vista. Prefería seguir soñando con el edén perdido antes que hallar ese montón de ruinas. En el umbral del que un día fue su hogar se dio la vuelta, cogió a su marido de la mano, recorrió de vuelta las devastadas calles hasta que encontraron al coche, y pronunció las primeras palabras desde el momento que habían llegado a Villa Epecuén;

– Por favor, llévame a casa.

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Villa Epecuén era el nombre que recibía una villa turística situada en la orilla de la laguna Epecuén, en la Provincia de Buenos Aires, Argentina. La villa era un importante destino turístico que contaba con 5.000 plazas hoteleras declaradas y 2.000 sin declarar y 280 establecimientos, entre hospedajes, pensiones, hoteles y comercios que llegaron a recibir en las décadas de 1950 a 1970 a 25.000. La Villa llegó a poseer 1.500 habitantes estables.

El 10 de noviembre de 1985 un enorme caudal de agua rompió el dique que separaba la laguna  de la villa e inundó gran parte de la localidad. En 1986 el nivel de las aguas alcanzó los 4 m., llegando en 1993 a más de 10 m.

En los últimos años el agua ha retrocedido, dejando a la vista gran parte del pueblo. Aun son visibles el trazado de las calles, las casas, el dique de contención y algunos negocios.

 

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