Varios amigos y yo asistíamos el Jueves pasado a una proyección de filminas sobre arte Zen. (Filminas son diapositivas. Zen es una marca de Arte Oriental. Arte, no sé lo que es). Pedro y Gracia, que no paran de ir a Asia en sus ratos libres, nos enseñaron a decir dos palabras en Chino. Concretamente “hombre” y “mujer”. Lo pronunciaron igual de bien que cualquier Pekinés del mismo centro, y todo el mundo quedó extasiado con aquellas exóticas sonoridades. A mí, que no me encanta nada viajar, me sorprende sin embargo que haya podido reunir los años que tengo sumido en esa ignorancia:

Al día siguiente fui a cenar a un restaurante chino. La comida no estaba muy buena, pero la camarera que me atendió sí. No pronunció palabra ni al recibirme ni al servir o retirar los platos, aunque sonreía mucho, y al hacerlo sus ojos se achinaban más todavía, casi como a Juanito Valderrama.
En los postres, animado por mi recién adquirida fluidez en el manejo de las lenguas orientales, aunque también por un licor de sospechosa gradación y por el altruista escote de la portadora, exclamé mirándola (a la cara) y con un perfecto chino mandarín:
-¡Mujer!
Y entonces la camarera se incorporó del todo. Dejó la bandeja sobre unos cojines estampados con dragones alados y sonriendo como una geisha china (las geishas japonesas sonríen de otro modo, como más cosmopolita y vacilón, no sé), elevó con suavidad sus chinos brazos, ofreciéndome la visión de un estilizado cuerpo tipo jarrón de la dinastía Acme (son made in China y se venden en Ikea).Camarera-china
Comprendí de inmediato que se me estaba insinuando, allí, delante de todo el mundo y de todos los rollitos de primavera, y me dio mucho coraje que Gracia y Pedro no me hubiesen enseñado la víspera cómo se dice en Chino “¿Bailas?”. Así es que dada mi timidez y que además ignoraba si la camarera conocía la Lambada y la Rumba Catalana, únicos bailes que domino, pues me quedé un poco cortado, la verdad, hundiéndome con lentittud entre los mullidos cojines y entre la decepción general (cantidad de gente va a los restaurantes sólo para ver de qué hablan los de la mesa de al lado).
Ella debió pensar que soy un soso, cosa absolutamente falsa, lo que pasa es que me falta vocabulario. Recogió enfadadísima la bandeja, la colocó bajo su axila oriental (porque era la izquierda, no porque fuese de la parte de Shangai), y mientras se alejaba rumbo a la cocina con pasitos muy cortos pero muy rapiditos, pude oír cómo mascullaba en un chino teñido con los dejes de Lavapiés:
-¡Hombres!
Y la entendí perfectamente.

Si te ha gustado está entrada de nuestra página, ayúdanos a compartirla y dale al botón de abajo para publicarla en tu perfil. Así otros podrán disfrutar de ella. Gracias

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.