En cierta ocasión conocí una india, sin ir más lejos. Digo sin ir más lejos, porque me la trajeron a casa, en Madrid, que resulta comodísimo alternar con otras culturas exóticas y diferentes idiosincrasias y tal y tal y tal sin tener que soportar horas de aeropuerto, de vuelos en rebaño y de tómbolas aéreas en Ryan Air. Ocurrió así:

Corría el año 92, más o menos. Por aquellos tiempos yo era un joven y prometedor pintor que vivía alegremente su bohemia y su amor con mi por entonces mujer en un estudio bastante molón y luminoso. Tan pintoresco resultaba el taller que un primo mío, fotógrafo de publicidad, me lo pidió para sacarle unas fotos a una modelo en ese escenario, “para su book, sabes?”. Le dije que sí, y quedamos en que el sábado siguiente se presentaría allí con las cámaras, focos, objetivos y con la bella joven.

Así fue. Suena el timbre a la hora convenida y apareció mi primo cargado de bártulos, trípodes y demás enseres para la sesión fotográfica. Detrás suyo venía una tipa descomunalmente guapa que no hablaba español ni falta que le hacía hablar, ni español ni nada. Se llamaba Padma y era de la India, donde el Ganges, el tantra, Teresa de Calcuta, y todo eso. Estaba muy rica, la pobre. Tras departir con ellos unos minutos, mi mujer y yo nos retiramos discretamente para que trabajaran en paz, y nos fuimos a pasar el día fuera. Se me hizo bastante largo. Cuando regresamos ya habían finalizado la sesión y de aquella bronceada diosa tántrica no quedaba ni rastro. Como era una chica tan educada como vistosa, días después nos invitó a mi primo, a mi mujer y a mí a un plato típico indio. Vino otra vez a casa, esta vez con gran variedad de ingredientes culinarios de su país, y se puso a cocinar. No recuerdo muy bien cómo se llamaba el plato, pero picaba un huevo. Tardé varios días en recuperar la sensibilidad en la lengua, el paladar y todo lo que vienen siendo las papilas gustativas. De hecho, el segundo plato era una especie de antídoto contra el primero, y estaba confeccionado a base de yogures. Yo odio cordialmente el yogur, la leche, la nata y todos sus derivados. Me lo comí como un machote, todo sea por estrechar los tradicionales lazos de amistad entre los pueblos y entre las pueblerinas. Nunca más volví a ver a Padma.

PADMA-post

Años después, leyendo el dominical de un periódico, tropiezo con una foto de Padma. La reconocí inmediatamente. La imagen formaba parte de un extenso reportaje sobre ella. Ya no era modelo.  Se había casado con Salman Rushdie, el famoso escritor tan querido entre los talibanes, y tenía en no sé qué cadena de la televisión norteamericana un programa culinario de enorme éxito y audiencia, tipo Arguiñano. En vez de “rico, rico”, “picante, picante”, supongo.

 

¿Que qué se deduce de todo esto, a efectos de viajes inusuales? Y yo qué sé:  A mí viajar me espanta, así que vosotros sabréis. Lo que está claro es que la hindú más guapa y mejor cocinera de toda la parte del Ganges la he tenido yo en mi casa y no me hizo falta ni coger el ascensor. Ni pensar quiero lo que habría cambiado mi vida si hubiese sido escritor, feo, rijoso y cosmopolita en lugar de pintor, apolíneo, romántico y de provincias.

Las indias, por lo general, no saben escoger.

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