Hacía ya dieciséis días que habíamos partido de Delhi camino de la cordillera del Himalaya. Nuestro objetivo inmediato era llegar a Leh y de ahí pasar a Cachemira. Para conseguirlo teníamos que cruzar tres puertos de montaña de más de 5.000 metros y otros dos por encima de los 4.000. Entre estos, el Khardung La, que con sus 5.682 metros, es el punto más alto del mundo por el que discurre una carretera. Al principio la aclimatación de nuestros cuerpos y nuestras motos a las alturas fue relativamente bien. Fuimos trepando progresivamente por carreteras abiertas hacia abismos que ponían a prueba nuestros nervios y nuestra habilidad para conducir. Después de llegar a Shimla, la antigua ciudad de descanso del Raj británico, nos internamos en la región de Spiti, a la que denominan “El pequeño Tibet”. La carretera transcurría entre picos y cordilleras impresionantes a una altura media de unos 2.000 metros. Rodeados de colosos de más de 6.000 metros en cuyas cimas se recuestan las nubes para descansar en su interminable vagar por los cielos. Llamar carretera a la ruta que seguíamos era más bien una forma de consolarnos por las penurias padecidas durante el trayecto, un eufemismo. Una forma, en suma, de ennoblecerla para no despertar su ira. Las rutas son casi siempre caprichosas y pueden percibir tu odio y devolverlo cruelmente. El asfalto desaparecía con frecuencia convirtiendo la ruta en una pista de tierra y barro que los camiones dejaban intransitable. Los desprendimientos de tierra y los ríos desbordados obstaculizaban en numerosas ocasiones nuestro paso, hasta el punto de que muchas veces había que pasar por ellos las motos a puro músculo, con los pantalones remangados y el agua helada llegando hasta las rodillas.

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Las dificultades, más que amilanarnos, nos animaban a seguir adelante. En nuestras bocas sentíamos constantemente el dulce sabor de la aventura, de estar poniendo a prueba nuestra resistencia, nuestra capacidad de sufrimiento, y estar superando claramente el duro examen.
Por fin llegamos al primero de las grandes puertos. Con las motos renqueando por la falta de oxígeno, comenzamos a trepar hacia la cima del paso de Kunzam La de 4.551 metros. La noche anterior habíamos dormido en el pueblo de Losar, a 4.080 metros. A semejante altitud, los efectos de la altura habían comenzado a sentirse. Los dolores de cabeza eran suaves pero constantes y después de hacer el más mínimo esfuerzo, te daba la impresión de que acabas de correr una maratón. Seguramente, después de cruzar el tercer o cuarto puerto de montaña ya nos habríamos aclimatado, pero esa primera experiencia era devastadora.

Khardung La

Khardung La

Nico y Álvaro habían traído algunas infusiones de coca de un reciente viaje a Bolivia, pero además de ser insuficientes para los cuatro, no era tarea fácil ponerte a hacer una infusión en mitad de la montaña. En el pueblo nos habían comentado que los ajos eran un remedio infalible para el mal de altura, y habíamos comprado varias cabezas. El problema es que ninguno se atrevía a comerse un diente de ajo así por las buenas, en frío. En una de las paradas, Juan sacó varios plátanos que tenía en la mochila. Peló uno de ellos y, tras comerse la punta, hundió un diente de ajo en el resto de la fruta.
Me parece que pasaremos a la historia por haber descubierto un nuevo sabor para la marca Häagen-Dazs; el Garlic-Banana, dijo mientras engullía de un solo bocado el trozo de plátano que contenía el ajo.
Si, y por otra parte, en cuanto lleguemos a cualquier sitio y nos huelan el aliento, enseguida se darán cuenta de que somos españoles, dije yo mientras le imitaba y engullía otro apetitoso bocado de Garlic-Banana.

Página de Royal Enfield; las motos en las que realizamos el viaje.

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