Después de la desagradable noche que compartimos con las cucarachas voladoras, salimos muy temprano de Tan Tan a Dakhla, con bastante sueño y un poco de prisa por llegar a Dakhla, la antigua Villa Cisneros española, última ciudad saharaui antes de llegar a la frontera con Mauritania.

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Desayuno en Tan Tan Playa

Continuamos por la N1 camino de El Aaiún, la capital del Sáhara. Aún nos separaban más de 800 km. de Dakhla, por lo que decidimos dividir el camino en dos jornadas. La primera de Tan Tan a Boujdour, el Cabo Bojador español, y la segunda desde ahí hasta Dakhla. Además, partiendo es dos el trayecto, tendriamos la oportunidad de poder parar algunas horas en El Aaiún, la capital del Sáhara.

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Nuestro trayecto de estos dos días

La carretera corría paralela a la costa, por lo que se hizo algo menos monótona que el día anterior. La playa se sucedía de forma ininterrumpida, al pie de imponentes acantilados. Nos daba la impresión de que todo el Sahara era un inmensa playa con miles de kilómetros de profundidad. De forma imprevista, comenzó a llover torrencialmente, algo poco habitual en el desierto. No había donde guarecerse, y nuestros compañeros de las motos se calaron hasta los calzoncillos. Tuvimos que parar porque la carretera estaba anegada y tenían dificultades para poder seguir. Cuando la lluvia remitió, el desierto parecía un lago, porque la tierra no había sido capaz de absorber tal tromba de agua.

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El desierto anegado

Al poco tiempo nos encontramos de sopetón con el Parque Nacional de Khenifiss, un increíble oasis de verdor en mitad del camino, una zona de marismas poblada por todo tipo de aves acuáticas. Entre el aguacero y los humedales, ya teníamos completamente trastocado nuestro concepto del desierto. Cruzar el parque fue un soplo de frescura tras kilómetros y kilómetros de tonos marrones en nuestras retinas.

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Parque nacional de Khenifiss

Paramos a comer en El Aaiún, ciudad que recorrimos brevemente, sin que encontráramos demasiados vestigios de la época de ocupación española, tal es el afán que ha dedicado la administración de ocupación marroquí en borrar nuestra presencia en el Sáhara.

El viaje transcurrió lentamente, sin complicaciones, hasta que por fin llegamos a Cabo Bojador. Dormimos en un pequeño hostal sin pena ni gloria y a la mañana siguiente salimos temprano hacía Dakhla. En Cabo Bojador nos ocurrió una curiosa anécdota. Un grupo de niños pequeños, de en torno a 11 o 12 años de edad, se nos acercaron con curiosidad. Cuando vieron las matrículas, algunos se pusieron a hablarnos en español; ¡saharaui, saharaui!, decían mientras se señalaban orgullosamente el pecho. Uno de ellos fue a su casa y volvió con una antigua cartilla de colegio española, con la que me contó que su padre le enseñaba a leer en nuestro idioma, y una foto de su hermano en los campamentos del Frente Polisario en Tinduf. La verdad es que me emocioné y me dio por pensar lo injusta que, por una u otra razón, había sido la historia con ese pueblo, tan generoso y esforzado, que un día formó parte de nuestra nación. Cuando estábamos hablando, se acercaron otros dos chicos y enseguida me hizo señas para que nos calláramos. Los muchachos que estaban conmigo les señalaron y comenzaron a hacerles burla, aunque de forma amistosa, sin demasiada malicia, llamándoles marroquíes. Todo un reflejo de lo que está ocurriendo en el Sáhara ocupado por Marruecos.

Al día siguiente salimos temprano hacia Dakhla, ciudad a la que llegamos antes del mediodía, tras recorrer algo más de 300 km. Nos dirigimos al hotel Mijak, en el que me había hospedado en anteriores ocasiones. El hotel está regentado por una familia saharaui encantadora, cuyo patriarca había pertenecido a la Agrupación de Tropas Nómadas y que aún recordaba con nostalgia el tiempo de la administración española. En su despacho tenía un retrato del general Franco de uniforme, que para él era como un semidiós. Hay que tener en cuenta que para los saharauis que eran fieles a los españoles, los buenos tiempos se acabaron cuando murió Franco y llegó la guerra con Marruecos y Mauritania y la posterior ocupación marroquí, por lo que no es extraño que lo veneren.

El resto de la jornada la dedicamos a redistribuir los equipajes que nos iban a acompañar en las motos y almacenar en el coche el resto de los efectos que pensábamos dejar en Dakhla. Una vez cumplido nuestro cometido, nos pegamos una cena homenaje en la terraza del Samarkanda, parada obligatoria para todos aquellos que pasen por Dkahla.

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