El día comenzó con muchas ganas, creo que forzamos al sol para que saliera unos minutos antes de lo normal, de tan ansiosos que estábamos por iniciar el camino hacía Mauritania. Desayunamos fuerte, ya que la jornada prometía ser larga, no tanto por el camino sino por el cruce de fronteras que nos esperaba y la burocracia que acarreaba, y aparejamos las burras para lanzarnos a la aventura.

Trayecto de Dkhla a Nuadibu

Trayecto de Dkhla a Nuadibu

Los más de 200 km. que dista Dahkla de la frontera mauritana, discurren por una carretera de un solo carril, trazada a unos kilómetros de la costa, con un par de gasolineras y algún que otro poblado de pescadores por el camino. Desierto a un lado, desierto a otro, rectas interminables a lo largo de un paisaje monótono y aburrido y un montón de camioneros y conductores marroquíes enloquecidos sobre el asfalto. En esa carretera funcionaba la ley del más fuerte; te encuentras a un vehículo de frente, mides la resolución del piloto y el tamaño de la máquina que viene en sentido contrario y, si tienes todas las de perder, te apartas en el último momento, dejando la vía libre al contrario. Por descontado, las motos siempre teníamos que ceder el paso, a no ser que lo que viniera de frente fuera un burro o una bicicleta… y aún así.

Preparando la partida hacia Mauritania

Preparando la partida hacia Mauritania

Con lo neumáticos de tacos recien puestos, hicimos la ruta con tranquilidad, y en un par de horas llegamos al puesto fronterizo marroquí. Tras algunos titubeos y comprobaciones del personal de la aduana, que se alargaron más de lo habitual, a causa del certificado que nos habían expedido en Dahkla como resguardo del coche, conseguimos salir del Sáhara Occidental e ingresamos en la tierra de nadie.

Carretera de Dakhla a Noadibou

Carretera de Dakhla a Noadibou

Tierra de nadie en el auténtico sentido de la palabra. Entre el Sáhara Occidental y Mauritania, hay una zona neutral de unos 5 km. de anchura que separa ambos países y que se encuentra desocupada. Una zona pedregosa y desolada en la que no hay autoridad alguna y en la que únicamente habitan algunos inmigrantes subsaharianos que se encuentran a la espera de poder entrar en el territorio administrado por Marruecos. A través de la “zona de nadie” discurre la llamada “antigua carretera española, que no es más que una pista en pésimas condiciones, llena de enormes baches y trozos de degradados asfalto. Una “delicia” para la conducción. La carretera es la única opción posible para llegar hasta Mauritania, ya que los costados de la pista están teóricamente minados y, la verdad, no es muy recomendable circular por ellos. Varias carcasas chamuscadas de vehículos que jalonan los costados del camino, atestiguan que algo hay de cierto en lo de las minas. Todo rastro de la carretera española desaparece durante algunos tramos del camino, por lo que hay que seguir las rodadas que han dejado los vehículos que han pasado por ahí con anterioridad. Rezas para que uno de esos vehículos cuyas huellas sigues, no se haya equivocado y te meta de lleno en el campo de minas. Lo malo de las minas en el desierto es que se mueven constantemente junto con las dunas y la arena en la que están enterradas, y es imposible trazar un plano de su situación que permita la limpieza de la zona. Si es que alguno de los países tiene la intención de limpiar la zona de nadie.

Una parada en la carretera de Dahkla a Noadobou

Saludando en un aparada de la carretera de Dahkla a Noadobou

Tras un incómodo trayecto que se nos hizo eterno, llegamos a la frontera mauritana. Frontera es una forma bastante amable de calificarla. En mitad del desierto, vimos un grupo de vehículos concentrados alrededor de un chamizo de madera y chapa ondulada. Nos dirigimos hacía ahí, con el ánimo de preguntar por el puesto fronterizo, y cuál no sería nuestra sorpresa, cuando nos dijeron que esa pequeña chabola improvisada era el puesto que estábamos buscando. Tras una hora de tediosos e interminables papeleos, algunos verdaderos y otros falsos, pagamos el visado de entrada y un extra por un seguro para las motos, ya que la carta verde no cubría la asistencia en este país. La espera fue un poco más larga de lo previsto porque, entre otras cosas, no atendimos a los requerimientos del aduanero cuando, después de entregarle la cantidad que costaba el visado, nos pidió insistentemente un “cadeaux” para él (regalo en francés).

Superados los papeleos partimos muy contentos hacía Noadibou, que distaba unos 40 km. del puesto fronterizo. Noadibou está situado en la península de Cabo Blanco, en una situación geográfica que recuerda a la de Dakhla, ciudad de la que proveníamos. Los primeros kilómetros desde la frontera transcurrían por pistas de arena, lo que nos dio la oportunidad de comenzar nuestra andadura off-road. Tanto Miguel como yo teníamos bastante experiencia en arena, Adán había hecho también sus kilómetros sobre dunas y se manejaba bien, pero Rafael era un profano en la materia.

Contemplando la "Tierra de Nadie" entre el Sáhara y Mauritania

Contemplando la “Tierra de Nadie” entre el Sáhara y Mauritania

Aprovechamos para darle unas clases prácticas básicas aceleradas, para que fuera practicando por terrenos fáciles, de cara a lo que nos íbamos a encontrar más adelante, en pleno corazón del desierto. La Transalp no es la moto ideal para este tipo de terrenos…. diría que la Transalp, como la mayoría de las maxitrail, no es la moto ideal para otro terreno que no sea carretera o una pista muy sencillita y con buen firme. El caso es que Rafael, con los machos bien puestos pero escasa experiencia, se lanzó a afrontar las dunas siguiendo nuestras indicaciones y nuestra estela. La arena estaba bastante dura, y subir y bajar por las crestas era una gozada. Circulabamos por fuera de pista, para eludir las rodadas que habían dejado los vehículos y así “surfear” un poco por las dunas. En una zona de arena más suelta comenzaron los problemas. Entramos un poco vivos, y Rafael se asustó, tiró de freno, y se fue al suelo. La cosa no tuvo más importancia que el susto y un pequeño golpe, que le dolió más en el orgullo que en el cuerpo . Como vi que el pobre nos seguía con bastantes dificultades, decidí cambiarle la moto. Mi querida Suzuki es un ladrillo comparada con motos más ágiles y modernas, pero a cambio es la montura más resistente y fiable que he tenido nunca. Ni que decir tiene, que comparada con la Transalp, el comportamiento en arena era una maravilla.

A través del desierto

A través del desierto

Rafael se lanzó valientemente otra vez a la pista, mientras yo le seguía con la Transalp. Me costó algo acostumbrarme a su tacto en arena, pero enseguida volví a disfrutar del terreno y de la suave sensación de falta de control que conlleva deslizarse por ella. A Rafael le había insistido en que cuando sintiera que la rueda empezaba a vibrar aparentemente sin control, que no frenara, que acelerara y mantuviera firme el manillar, que era la única manera de llevar la moto en arena. Tenía que aprovechar para desacelerar en los momentos que la rueda de delante no se moviera mucho, para reducir velocidad, pero que siempre acelerara en cuanto notara una sensación de falta de control… siempre adelante. Frenar conllevaba perder el control de la moto y caer. Lo tomó todo al pie de la letra, excepto lo de reducir velocidad, y al cabo de un tiempo le vi pasar por mi costado a toda pastilla, como una centella. No tenía la moto controlada, y seguía acelerando y aumentando la velocidad. Salí a todo gas detrás de él y comencé a gritarle para que dejara la moto a tren y parara…. pero antes de conseguirlo, se produjo el desastre. En lo alto de una duna perdió por completo el control de la moto, intentó frenar, se clavó de adelante y Rafael salió despedido por encima de la moto, mientras esta daba varias vueltas de campana.

Viajes-Marruecos-en-bicicleta-viajes-inusuales

El porrazo fue impresionante. Bajé de la moto y salí corriendo hacía donde estaba, seguido por Miguel y Abel. Rafael estaba desmadejado en el suelo inconsciente. Le abrí la visera sin moverle demasiado y comencé a hablarle. Sangraba por la nariz y de la frente le caía un pequeño reguero de sangre. Estábamos acojonados. Llevaba puesto un casco modular, de los que se abre por delante, por lo que le levantamos la parte frontal, sin quitarle el resto, no fuera que tuviera la cabeza rota a causa del golpe y se le abriera como un melón. Le mojamos la cara con un poco de agua e intentamos reanimarle. El reguero de sangre de la cabeza era muy escaso, por lo que dedujimos que la herida que no veíamos no debería de ser muy grande. Metí los dedos por los bordes y no noté que que estuviera húmedo, por lo que descartamos una herida de más enjundia. Al cabo de unos angustiosos minutos comenzó a reaccionar y a recuperar la consciencia. Nos decidimos a quitarle el casco con cuidado. Tenía una pequeña herida en la frente y un gran golpe en la nariz, pero aparentemente nada más.

Guía práctica para viajar por Mauritania

Vídeo de la tierra de nadie entre las dos fronteras

Le pregunté si se sabía cómo se llamaba y quién éramos nosotros, pero no tenía ni la menor idea. Estaba muy conmocionado. La cosa estaba complicada. Aún nos faltaban un montón de kilómetros hasta Noadibou, estábamos en mitad del desierto, mi Suzuki estaba aparentemente dañada, y Rafael no tenía aspecto de poder aguantar el resto del trayecto hasta la ciudad de paquete en una de nuestras motos. Seguía desorientado y sin poder responder a las preguntas que le hacíamos. Nos dijo que uno de los brazos le dolía mucho, por lo que le pusimos un pañuelo e intentamos inmovilizárselo. Mientras Adán y Miguel le atendían, yo me acerqué a la moto para ver cómo había quedado. Estaba algo estropeada, pero sin golpes de importancia. Tenía rota la maneta del freno, a pesar de los protectores de puños, un buen golpe en el depósito y la dirección se había algo desviada, pero poco más.

Dejamos a Rafa junto a Miguel y desmontamos los equipajes de mi moto, para repartirlos entre las otras, mientras probamos a arrancarla, cosa que hizo a la primera, para asegurarnos de que no sufría daños en el motor.

Rafael conmocionado

Rafael conmocionado

De pronto vimos que por la pista se acercaba una pick-up mauritana. En cuanto la tuvimos cerca hicimos señas para que parara, y se detuvo a nuestro lado. Explicamos al conductor la situación y amablemente se ofreció a llevar a Rafael hasta Noadibou, mientras nosotros le seguíamos en las motos.

Mientras tanto Rafael seguía en su mundo, no sabía cómo se llamaba, ni dónde estaba, ni el hecho de que había tenido un accidente. Al cabo de un rato, se puso a mirar alrededor bastante desconcertado y preguntó; ¿Qué hacemos en una playa tan grande? La pregunta rebajó un poco la tensión y no pudimos reprimir una carcajada…

Ocultamos mi moto en una duna, fuera de la vista de los vehículos que pasaban por la pista, y bastante inquietos a causa del estado de Rafael, salimos a toda mecha hacia Noadibou….

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