Dahkla, la antigua Villa Cisneros española, enclavada en la península de Río de Oro, es una ciudad saharaui bajo control marroquí que hoy en día es un paraíso para los practicantes de kitesurf. La ciudad, de unos 85.000 habitantes, no tiene nada que sea especialmente reseñable, pero los alrededores son todo un espectáculo. La península de Río de Oro es una playa continua, que se extiende paralela a la costa a lo largo de unos 50 km, formando una enorme bahía de aguas poco profundas. Es uno de los colmillos del desierto hincado en mitad del mar. El otro es, más al sur, la península en la que se encuentra Noadibou, a la que tenemos previsto llegar mañana.

foto de Philip Winkelhorst © Viejo faro español en la costa atlántica de Dakhla

foto de Philip Winkelhorst © Viejo faro español en la costa atlántica de Dakhla

Como ya comenté, el sitio de referencia, al menos cuando yo fui, era el Samarkanda, una terraza con restaurante, bastante animado y con unas preciosas vistas a la bahía. Supongo que con el auge de kite, habrán aparecido un montón de locales nuevos, de los que no tengo referencia.

El día amaneció con un montón de trabajo por delante. Lo primero, y más complicado, fue averiguar como podíamos dejar el coche y el remolque en Marruecos durante el resto del viaje y pasar a Mauritania solo con las motos. Lo que aparentemente es algo muy sencillo en un país “normal”, en Marruecos es toda una aventura en si misma. Para entender porqué digo esto, hay que saber que cuando entras en Marruecos con un vehículo, con el fin de que no puedas venderlo dentro del país, tienes que rellenar un impreso en la aduana, que debes de presentar junto con el vehículo cuando abandonas su territorio, lo que da fe de que te lo llevas contigo. Si por cualquier razón pierdes el papel de aduana o no lo entregas a la salida, te vas a encontrar en un aprieto. En una ocasión salí de Marruecos en moto, pasé el control de pasaportes y como había un follón tremendo en aduana y corría el riesgo de perder ferry de vuelta a España, cometí la imprudencia de no entregar la documentación de salida del vehículo. El problema me estuvo persiguiendo durante años, porque aunque posteriormente presenté los papeles de la moto en el consulado de Marruecos en Cádiz y demostré que no se había quedado en quedado en su país y que estaba en España, no me valió de nada. Cada vez que volvía a Marruecos, en avión, en moto o como fuera, tenía que depender para salir de la buena voluntad del aduanero de turno, porque en el ordenador figuraba que había dejado un vehículo en el país. Una pesadilla que no se solucionó hasta que me presenté con la moto en la frontera cargada en un remolque y demostré in situ que estaba en España.

El caso es que ya nos habían adelantado que si entrábamos en territorio marroquí con el coche con el que llevamos las motos hasta Dahkla, teníamos por fuerza que salir con él. Pasar a Mauritania y dejarlo ahí no era una opción a tener en cuenta, amén de que nos íbamos a encontrar con el mismo problema que en Marruecos, y desconfiábamos aún más de la administración mauritana que de la marroquí.

último desayuno en Marruecos antes de salir hacía Mauritania. Miguel, Adán y Moncho

Último desayuno en Marruecos antes de salir hacía Mauritania. Miguel, Adán y Moncho

En lugar de confiar en resolver la cuestión en la frontera misma, a unos 200 km. al sur de Dakhla, decidimos intentar dejar el coche en la ciudad, para lo cual nos dirigimos a las oficinas de la aduana. Tras un largo tiempo razonando y batallando con ellos, ya que en su rígida mentalidad de funcionarios no cabía otra solución que sacar el coche del país, conseguimos que accedieran a que lo dejáramos precintado en sus dependencias. Nos extendieron un certificado de que el coche estaba ahí alojado y que no había sido vendido y tuvimos que pagar unas tasas por papeleo y estancia del vehículo, seguramente ficticias. Nos quedamos muy contentos de haber resuelto el problema y el sobreprecio que las tasas nos costaron nos pareció lo de menos.

La destrucción de la herencia española en Villa Cisneros

Todas estas gestiones nos llevaron la primera parte de la mañana. El resto lo empleamos en recorrer la península para ver los alrededores y probar un poco las motos antes de meternos de lleno en la travesía del día siguiente. En Marruecos aún teníamos la oportunidad de encontrar algún mecánico medio decente y era importante detectar si podía haber algún pequeño problema que pudiéramos resolver  antes de adentrarnos en Mauritania. Aprovechamos para pistear un poco por zonas de arena, libres del peso de los equipajes, y así enseñar a Rafael, que nunca había rodando por arena, algunos pequeños trucos para que no se asustara mucho al día siguiente.

Por la tarde Rafael y Adán acudieron a un taller a cambiar las cubiertas de carretera, que habían llevado hasta entonces, por unas de tacos. Revisamos niveles de aceite y líquido de frenos, pastillas, etc., y al final de la tarde teníamos ya las motos completamente cargadas con los equipajes preparadas para salir al día siguiente a primera hora de la mañana.

Esa noche nos dimos otra cena-homenaje con un buen menú marroquí con tajine, keftá y algunas otras exquisiteces que no probaríamos hasta la vuelta, y nos fuimos a dormir cansados, pero muy excitados, ya que estábamos a las puertas de lo que para nosotros era el auténtico inicio del viaje.

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