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Un té con menta antes de ir a dormir en “Chez Hendrix”

Al día siguiente salimos de Essaouira muy temprano, después de un buen desayuno marroquí, tomando la N1 con destino a Agadir. Si no estuviéramos de paso, habríamos optado por ir más cerca de la costa, por la carretera comarcal que va pegada a las preciosas playas que hay por el camino, pero esta vez teníamos algo de prisa. Dejamos Agadir atrás, una ciudad turística sin atractivo alguno y enfilamos hacía Guelmin, que es la puerta del Sáhara.

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Recorrido de ese día

Como ya digo, aparte del hecho de que nuestra prisa por llegar al sur del Sahara nos impedía demorarnos, esta ruta no tiene demasiado atractivo, excepto si la haces tranquilamente por la costa. Son una sucesión de kilómetros atravesando parajes desolados y pueblos de nuevo cuño calcados uno del otro. Si no vas con prisas, como nosotros, es recomendable desviarse hacía Sidi Ifni, población a la que se accede desde Guelmin. Sidi Ifni es una coqueta ciudad, con cierto encanto y bastantes vestigios de la presencia española, situada cerca de la costa. Fue uno de los últimos vestigios del colonialismo hispano en Marruecos. La disputa por la posesión del territorio fue el motivo de una breve pero intensa guerra que se desarrolló entre 1957 y 1958. Posteriormente, en 1969, seis años antes de la ocupación del Sahara, el territorio fue cedido a Marruecos.

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Arco de entrada a Guelmin

A partir de Guelmin comenzaba, en gran medida, nuestra gran aventura. Todos conocíamos Marruecos bastante bien, pero mis tres acompañantes no habían pasado nunca del límite con el Sahara. Aunque el paisaje no cambiara demasiado, lo mirábamos con otros ojos, con una actitud completamente diferente; era territorio inexplorado, y como tal nos aprestamos a encararlo, con la ilusión de un grupo de niños explorando una casa abandonada.

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El desierto

Aquellos que no conocen el desierto, tienen una idea de monotonía que, hasta cierto punto, no coincide con la realidad. Cuando solo ves una pequeña porción, el paisaje puede resultar poco variado, pero cuando haces decenas o cientos de kilómetros a través de él, te das cuenta de que a cada momento se suceden paisajes muy diversos, desde las zonas con grandes extensiones de dunas, hasta las vastas llanuras de basalto negro, pasando por el paisajes más común, que son las áreas de tierra reseca salpicada por matojos y piedra suelta. Las diferentes tonalidades se van sucediendo a lo largo de la ruta, y aunque no digo que tenga la variedad tonal que se encuentra en zonas más templadas, una vez que aprendes a admirarlas, las tierras y los ocres se asientan en tu retina y acaban por conquistarla.

Tras haber recorrido un buen tramo de carretera desde nuestra salida de Essaouira, casi 600 km., llegamos a Tan Tan, nombre mítico donde los haya. Como teníamos ganas de ver el mar, ya que el trayecto a partir de Agadir había sido íntegramente por el interior, nos dirigimos hacía Tan Tan Playa, que es como los carteles llaman al pequeño poblado de El Ouatia. Enseguida encontramos un hostal relativamente limpio y barato, en el que cenamos y descansamos mientras veíamos el espléndido atardecer, que se vio algo ensombrecido por una plaga de enormes cucarachas rubias voladoras, que provenientes del desierto, habían infestado la ciudad. Preguntamos por un garaje, para poder guardar las motos y algunos de los equipajes que llevábamos a la vista en el coche. Como no había ninguno y yo tengo siempre por costumbre que las motos pernocten bajo llave, convinimos con el dueño del hostal, en que nuestras monturas dormirían en el salón del bar, junto al billar. Subimos las motos por los escalones que daban al bar, con mucho traqueteo, alboroto y alborozo de todos los parroquianos y nos fuimos a dormir.

Colocando las motos en el billar

Colocando las motos en el billar

Yo compartía la habitación con Adán. A mitad de la noche, cuando estaba inmerso en el más placentero de mis sueños, la luz se encendió de repente y al despertarme pude ver una escena dantesca. Adán, con su metro noventa largo, estaba encaramado encima de la mesilla de noche gritando como un poseso.

  • ¡Joder, uno de esos putos bichos me ha entrado por la boca mientras dormía!
  • Ves, -le contesté, mientras apartaba media docena de bichitos que corrían por encima de mi sábana- si hubieras dormido como yo, con la mosquitera arrollada en la cabeza no te habrá pasado eso.

Dios mío, pensé ¿que haremos ahí abajo cuando nos encontremos con las hienas?

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