En algunas ocasiones toca escribir sobre un tema que te causa una especial satisfacción. Los recuerdos acuden y se apelotonan en tu cabeza, luchando desordenadamente para fluir hacía el teclado, mientras se te dibuja una sonrisa en el rostro; eso es lo que pasa cuando escribo acerca de Caracena, un lugar en el que el tiempo se ha detenido.

Caracena pasó, de un plumazo, de ser un importante nudo de comunicaciones entre el norte de España y la meseta, a no ser prácticamente nada. Al menos desde el punto de vista de importancia comercial y política. Desde el punto de vista histórico, lo es todo.

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Su extensa historia sería demasiado larga para relatarla en estas líneas pero, entre toda ella, podríamos destacar que en el siglo XII era cabeza de una comarca que comprendía más de 30 aldeas.

Recorrer hoy sus calles es sumergirse en la historia de las villas de la tierra de frontera, dura y agreste, que caracterizó a la reconquista. A la ciudad se puede acceder por dos vías; desde el norte, cogiendo la carretera comarcal SO-V-1601, que sale desde El Burgo de Osma o, desde el sur, entrando por una pista en bastante buen estado que tiene su inicio en las cercanías de Montejo de Tiermes. Yo suelo utilizar siempre el acceso sur, porque nos brinda un montón de sorpresas.

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Una vez en Ayllón, hay que tomar la carretera SO-135 en dirección a Montejo de Tiermes. Tras pasar este pueblo, después de una curva cerrada, encontramos una pista que sale a nuestra izquierda hacía el pueblo de Valderromán. Seguimos la pista hasta la entrada del pueblo y, antes de entrar en él, tomamos un desvío a la derecha con una pequeña subida en curva. Desde ahí, tras recorrer unos 3 o 4 kilómetros de pista, se llega directo a Caracena. Hay que dejar el coche, si este no es 4×4, un poco antes de llegar a nuestro destino, ya que la bajada hasta el pueblo es muy quebrada y pronunciada. Pero no pasa nada, es una oportunidad para estirar un poco las piernas y poder admirar el espectacular paisaje que rodea Caracena.

Tras un buen trecho de pista por un alto páramo pelado, aparece de súbito ante nuestra vista, un imponente y excelentemente conservado castillo; la fortaleza que corona el alto que domina el pueblo. Un gran castillo con un doble perímetro bastante bien conservado y un interior en estado ruinoso, que ha servido hasta hace poco tiempo de cercado para las cabras de algún pastor de la zona. El castillo y su situación, ya merecen de por si el viaje que hemos hecho.

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Una vez que dejamos atrás el castillo, llegamos al pueblo tras una empinada bajada. En primer lugar nos encontramos con la iglesia de San Pedro, Monumento Nacional, originaria del siglo XI, con una preciosa galería portada de 9 arcos. En el interior, hay una curiosa lápida que dice que bajo ella yace “pertenebat ad malam sectam”, un “miembro de una secta malvada”. Al parecer, el finado era un templario, que fue enterrado a la entrada del templo, pero fuera de terreno sagrado, con el fin de que todas las personas que pasaran por ahí, pisaran su tumba. Ahora la placa está expuesta en el interior, al abrigo de la intemperie y las pisadas, aunque no se muy bien donde habrán ido los huesos del infortunado templario.

Entrado en la pequeña población, encontramos una cárcel medieval, un hospital de pobres y una coqueta plaza en la que destaca un rollo de ejecuciones barroco, mientras que en la periferia hay otra iglesia románica, la de Santa María, el puente medieval de Cantos y restos de la muralla del siglo XII que protegía la población.

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En resumen, una casi desconocida villa medieval que no tiene nada que envidiar a otras poblaciones más  renombradas, y que guarda aún el encanto de lo desconocido y cierto misterio, debido en parte, a la remota situación en la que se encuentra.

Solo me queda añadir que la visita tiene un complemento imprescindible en las impresionantes ruinas de Tiermes, uno de los mejores yacimientos celtíbero-romano que conozco.

 

 

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